Archivo de la categoría ‘Cuentos de terror’

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La familia Thompson se estaba mudando a su nuevo hogar, una enorme casa construida mayormente por madera. Obviamente, se trataba de una casa que ya habia tenido un anterior propietario pero la familia Thompson no tenian demasiada informacion de los anteriores habitantes. Es asi, que una tarde de Septiembre, la familia se movio a la nueva casa. Esta familia (los Thompson) estaba conformada por: James (el Padre, 52 años); Mary (la Madre, 47 años), Rebecca (la hija, 20 años) y Tim (el hijo, 18 años). Ademas, para esta ocacion, tras insistir de manera insoportable, se le sumaba Jack, el novio de Rebecca. Leer el resto de esta entrada »

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Mi mujer y yo estabamos buscando algun lugar para pasar los ultimos dias del Verano. Afortunadamente, encontramos una casa para alquilar bastante bonita, cerca del bosque y sobre todas las cosas, muy barata. Esto ultimo era lo que mas me llamaba la atencion.
Nos comunicamos con el unico propietario de la casa, un hombre de unos 50 años aproximadamente y finalmente, fuimos a la casa. Leer el resto de esta entrada »

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Me encontraba sólo en mi casa, mis padres habían salido a cenar con unos viejos amigos y preferí no intervenir, entonces como dije, estaba sólo en casa. Como es usual en mi, me quede en la Computadora jugando a unos videojuegos.
Ya era de noche cuando recordé que debía comer algo, pues pause el juego y me puse de pie. Me acerqué a la heladera y saque una caja de pizzas del mediodía. Mientras comía, me di un recreo, deje la PC y prendí la Televisión. Pero, algo me preocupo, la TV tenía poca señal, había interferencia, pues decidí apagarla. Acto seguido, termine de comer y fui nuevamente a la PC. Inesperadamente la haye apagada, comence a asustarme. Era la única persona en la casa ¿Quién más podía apagar la PC si no yo? El viento comenzó a solpar y podía ver, desde una de las ventanas, como las hojas de los árboles se movían violentamente. Decidí no darle demasiada atención a estos extraños sucesos y prendí la PC. Cuando estaba iniciando mi sesión, se corto la luz. Ahora mi miedo volvió a tomar vida… Leer el resto de esta entrada »

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Ayer me encontré con mi abuela recién fallecida. Yo le pregunté:

- Pero abuela, ¿no crees que eres muy mayor para andar sola por ahí?

Y ella me contestó: Leer el resto de esta entrada »

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Parado allí, con mis brazos sobre la cadera, contemplando aquel viejo porton revuelto con sus oxidadas cadenas. Era un desafio, ingresar en el “cementerio misterio”, asi le llamabamos nosotros. Se preguntaran porque, la cosa es que, había gente que afirmaba haber oido extraños sonidos provenientes de este preciso lugar. Puras baboseadas obviamente. O tal ves, esta gente oia cosas, si, oia cosas normales, nada más. Leer el resto de esta entrada »

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Cuando era chico , no existían los teléfonos celulares ni las computadoras. Es más, en algunos barrios la mayoría de las casas no tenían teléfonos. Era muy común que los vecinos prestaran sus aparatos y hasta recibieran llamadas para sus vecinos cercanos.

Esos teléfonos eran grandes, de color negro. Tenían un disco giratorio en el frente donde estaban todos los números del cero al nueve. Para hacer una llamada había que colocar el dedo en el número correspondiente y hacer girar el disco hasta el tope número por número.
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Las puertas se cerraron, automaticas y silenciosas, y, como siempre, su corazon comenzó a latir, desbocado, frenético, temeroso de horrores jamás imaginados.

Lentamente, como cada día, la cabina comenzó su eterno descenso, mientras la frente se le perlaba de sudor y las manos, con las palmas apoyadas contras las metálicas paredes del diminuto cubículo, le temblaban.

Los familiares chasquidos, secos, metálicos y acompasados, rebotaron, despiadados e implacables, contra las paredes de su febril craneo, mientras el ascensor continuaba con su imparable descenso y su mente vagaba por oscuras y perdidas regiones de tenebrosos horrores enmarcados en un demencial fuego negro.

Cada mañana, antes de entrar en la infernal cabina, se repetía que no tenía nada que temer, que era una simple máquina, pero invariablemente, todos los dias, cuando las puertas se cerraban, con su pausada tranquilidad, encerrandolo en una camarilla donde su imagen horroriza le era devuelta hasta el infinito por dos espejos colocados, en las paredes laterales, uno frente al otro, un inenarrable, vergonzoso e inconfesable terror, se apoderaba de él. El corazón se le aceleraba y los segundos le parecian horas, mientras que los minutos se alargaban imposiblemente hasta convertirse en una desesperante eternidad.

Más cada mañana, sereno y seguro, el ascensor lo depositaba sano y salvo en la planta baja, y las puertas de su imaginario ataud se abrían mostrando un ansiado mundo de luz y libertad.

Salía apresuradamente y con la respiración entrecortada, jadeando y sudando prufusamente, con las facciones desencajas por un terrible miedo cerval y el horror prendido en su mirada; se dirigía al trabajo agaradeciendo a su Clemente Señora, a la Diosa del Amor, su bondad al permitirle atravesar, un día más, ese temido umbral que marcaba el fin de su locura.

Pero, cada día, aun sabiendo el demencial frenesí de apocaliptico terror que le aguarda en la camara, volvía, impulsado por una morboso deseo inexplicable, volvía a presionar el botón que, con un rugido, hacía girar las ruedas de su destino portando hasta él a su más temido enemigo.

Esa mañana no fue diferente a las demás. Se levantó a las ocho como hacia siempre y, como cada día, se lavó y se vistió, mientras preparaba café. A las ocho y media ya había desayunado y estaba dispuesto a enfrentar los terrores que le aguardaban a lo largo del día.

Respiro profundamente, relajandose, varias veces, antes de abrir la puerta y mirar, directamente, el objeto de todos sus terrores; al fin, cuando alcanzo el estado mental necesario, con la rapidez que da la practica diaria, abrio la puerta y lo vio ante él, terrible e imponente, aterrador, como cada día… aunque quizá la puerta hoy fuera un poco más grande y malévola, aunque tal vez esta mañana, la jugetona luz electrica, dibujara sombras más profundas y oscuras sobre la metálica e hiriente superficie….

Comenzó a sudar mientras las manos arrancaban con su rutinario baile. Como siempre le ocurria, su faz palideció, mientras sus facciones se desfiguraban; las fuerzas le fallaron y cada paso dado era una tortura. Aun así, con la mandibula apretada en señal de determinación, logró atravesar el infinito rellano y llegar hasta la terrible puerta. Notó las axilas empapadas de sudor mientras elevaba un tembloroso dedo que se dirigió al maligno ojo carmesí en el que unos extraños simbolos que rezaban: “llamar” parecían reirse de él. Lo presionó, tratando de aplastarlo, y, un rugido magnificado, un murmullo más aterrador de lo que nunca escuchara, se elevó de las entrañas del oscuro agujero en el que descansaba la máquina.

Las piernas comenzaron a temblarle, pues nunca, en toda su vida, había escuchado un ruido tan aterrador: Era como un terrible pandemonium, de voces entremezcladas, del que surgían imposibles alaridos de dolor mezclados con aberrantes carcajadas de demencial alegria.

La visión se le nublo debido al terror que envargaba su ser y, por un segundo, pensó que iba a vomitar el café. Al fin, con un supremo esfuerzo, se controló; pero cuando una luz roja se perfiló en el alargado ventanuco de la metalica puerta, al acercarse el demencial elevador, su autocontrol se disipó y todo el inenarrable horror que sentia le surgío por la boca en forma de abrasador liquido.

Vomitó, por primera vez desde sus tiempos de juventud cuando el alcohol corriera despiadado por sus venas, en una pequeña maceta que había a su izquierda; las verdes hojas se empaparon del abrasador liquido que quedó goteando de ellas y del raquitico tronco, formando un pequeño charco en la negra tierra.

Escupió un par de veces mientras se limpiaba la boca con el dorso de la mano, tratando de apartar el horrible sabor de su boca, pero el amargo, aborreciblemente amargo, sabor del vomito permaneció en su paladar, por lo que encendió un cigarro para paliar en lo posible el horrible sabor y para, en la medida en que pudiera conseguirlo, tranquilizarse un poco.

Cuando volvió a mirar la metalica puerta, con el ascensor esperando, ávido, tras de ella, la luz carmesí que al principio lo impresionara tanto había desaparecido. Pero eso no importaba, por que él sabía, con toda certeza, que la luz, antes, había estado allí, y que podía volver en cualquier momento.

Quizá por eso los dientes le castañeaban levantando ominosos ecos en el desierto rellano, y quizá tambien por eso le costaba llevarse el cigarro a los labios, debido al exagerado temblor que dominaba sus manos.

COLABORACION DE BRYAN

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se fumó el cigarro rapidamente, con avidez, dando grandes e intensas caladas y quemandolo, tratando de paliar el amargo sabor de la bilis; al final, con una aborrecible mezcolanza de sabores en su paladar, tiró el cigarro que fue a caer justo el charco de vomitó apagandose con un siseo.

Llevó la mano al frio tirador y respiró profundamente, tratando de apaciguar su febril mente mientras dantescas imágenes teñidas de un intenso color carmesí atormentaban su imaginación. Leer el resto de esta entrada »

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El ascensor llegó a la cuarta planta y el terrible murmullo, casi rugido, de los motores parecio aunmentar un punto, ruidos de cadenas parecian arrastrarse sobre su cabeja y bajo sus pies, mientras que esporadicos golpes sordos iban resonando en su cerebro y el ascensor continuaba su imparable marcha, con su pasajero acurrucado y tembloroso, sudoroso y atemorizado, entre sus demenciales paredes. Leer el resto de esta entrada »

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María duerme. Le ha costado mucho hacerlo, el miedo y el estrés se lo impedían con tesón; tiene verdadero pánico a quedarse dormida. Pero el cansancio finalmente la ha rendido. Padece de insomnio desde hace tiempo, descansa poco, pero llega un momento cada noche en que el agotamiento la vence debido a la falta de sueño y a la angustia acumulada por él durante el día, aunque siempre vuelve a despertarse al poco de cerrar los ojos, con horribles pesadillas, acumulando más fatiga y amargura. Leer el resto de esta entrada »