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El ascensor llegó a la cuarta planta y el terrible murmullo, casi rugido, de los motores parecio aunmentar un punto, ruidos de cadenas parecian arrastrarse sobre su cabeja y bajo sus pies, mientras que esporadicos golpes sordos iban resonando en su cerebro y el ascensor continuaba su imparable marcha, con su pasajero acurrucado y tembloroso, sudoroso y atemorizado, entre sus demenciales paredes.

De repente pareció escucharse un terrible y desazonador chirrido y Darlen gritó de espanto mientras se cubría las manos con la cara. El ascensor tembló y se balanceó peligrosamente; por un momentó, en el paroxismo de su terror, pensó que iban a caer y se vio a sí mismo en el suelo, quebrado por cien mil kilos de metal y cadenas contra el terrible muelle del fondo, en una posición antinatural, agaonizante y abandonado, moribundo y con la única compañía de su inimaginable asesino.

Pero el ascensor se detuvo de golpe y él cayó al suelo, desequilibrado por la inercia, aplastandose la nariz entre sus manos, apretadas contra su cara a causa del terror que lo consumia, y el suelo.

Cuando abrió los ojos, sientiendo la cálida y espesa sangre correr por sus manos, un silencio, como el que podria habitar en un cementerio, total y absoluto, jamás roto por más nímia vibración, se había apoderado del diminuto cubículo, en el que ahora reinaba las más absoluta y desazonadora de las oscuridades.

Por un segundo pensó que estaba muerto, pero entonces un Ding, aterrador y chirriante, rompió el silencio y con él la cordura de Darlen, ya que no estaba muerto, sinó que tenía que haberse vuelto loco, puesto que el ascensor (estaba absolutamente seguro de eso) no se había movido del lugar: no se oia ningún ruido de motores ni se percibia el más leve movimiento.

Ding

Rapidamente, casi sin dejarle tiempo a pensar, un segundo – y mucho más terrorifico que el primero- Ding rompio el imposible silencio. Darlen ahora sin lugar a dudas-

Ding

El tercero llegó más rápido, maligno y chirriante, que sus predecesores, y enseguida fue seguido por un cuarto, infinitamente más terrible, y un quinto, el sumum del terror, y un sexto, paroxismo de locura, y un septimo, delirio y espasmos sin control, y así, hasta que la velocidad con que se sucedian hizo que parecieran uno solo; un único DING infinito, eterno cómo la muerte misma, emitido por el mismo diablo, que lo transportó desde la más terrible de las locuras hasta el abominable mundo donde incluso las locuras son meras fantasias, el mundo de la oscuridad y el absoluto vacio, el mundo de la nada eterna.

Entonces un atronador siseo rugió en sus oidos, el ascensor se paró de golpe (¡pero sino se había movido!) y Darlen quedo chafado contra el suelo, con los brazos estirados como si estuviera en un atraco y las piernas abiertas.

Quedó estirado, aterrorizado, débil y sin fuerzas, contra el frio y rugoso (¿¡acaso era de piedra el suelo!?) suelo de la diminuta estancia. El eterno ding había desaparecido, el siseo iba perdiendo intensidad y por encima de él se escucho un chasquido y un ruido como el que produciría una enorme pared de piedra, arrastrandose lateralmente por el suelo, franqueando una puerta oculta hasta ese instante.

Darlen se levantó con esfuerzo, dolorido y sin saber que era lo que estaba pasando, pensando que se había vuelto completamente loco (ya que pensar otra cosa sería una locura), y se cubrió la cara con las manos, ahogando los sollozos que pugnaban por transportarle a un estado de histeria absoluta. Al fin, con mucho esfuerzo, logró dominarse, respiró profundamente –cómo tantas otras veces – y abrió los ojos.

Lo que vió en esos instantes fue lo que lo indujo, irreversiblemente, a un estado de total, completo aislamiento de todo dialogo con cualquier ser humano; lo transportó a un irreversible estado de autismo total, en un mundo donde el silencio brillaba por sobre todas las otras cosas. Solo mediante la hipnosis regresiva he podido – tras mucho esfuerzo – lograr que el paciente se comunicara conmigo; al final, esta historia –confusa y plagada de terrores (y seguramente también de errores)– es lo que he logrado que me contara. Pero, lo más terrible, lo más aterrador de todo, es lo que aun no he contado, lo que me dispongo a relatarles en las pocas lineas que restan de informe. Esto fue lo que me contó:

Cuando abrí los ojos, la oscuridad reinaba en toda la estancia (que ahora era de piedra) pero delante mio se abría una puerta, tras la que se vislumbraba, a traves de unos blanquecinos jirones de humo que emergían de las paredes exteriores del cubículo y sobretodo del fondo de este, un mundo orlado de llamas, plagado de sombras danzarinas. Supe que la noche eterna era la que reinaba en ese mundo y escuché los gritos aterrorizados, cargados de dolor y sufrimiento, de miles de millones de voces. Una pena, un terrible dolor, se apoderó en ese instante de mi corazón y supe, con total certeza –por lo menos creí saber- que me hallaba en el infierno. Había muerto, y los gritos que escuchaba eran proferidos por las gargantas condenadas a pagar sus males en la tierra, y eran exactamente iguales a los que surgirian de mi garganta cuando el inclemente Azazel viniera a buscarme.

En muchos lugares de ese mundo, envuelto en negras llamas que cubrian toda su superficie de terrorifica oscuridad, se producían, de vez en cuando, pequeñas explosiones de negrura, que iban acompañadas de miles de gritos de terror, tiñendo todo el espectaculo de una infinita tristeza.

Recorrí ese mundo, ese infierno, con la mirada, triste y desamparado como estaba, y lo que ví no contribuyó a levantar mi ánimo.

Arriba, a la izquierda del dantesco cuadro que se perfilaba ante mis ojos, y suspendido en el aire, riendo a carcajada limpia, distinguí un ser; aborrecible y fatal ser, de piel roja y ojos negros como infinitos pozos de locura, con un nervioso rabo, situado justo donde termina la espalda y acabado en una especie de triangulo, que no cesaba de moverse de izquierda a derecha. El ser estaba casi doblado sobre sí mismo, a causa de la demencial risa de que era presa, y el un negro cabello le caía enmarcando su cara en un fantasmal halo de malignidad y terror. Dos diminutos cuernos de color carmesí se destacaban intensamente en su craneo, contrastando con el cabello negro como la pez.

No tuve ninguna duda, estaba en el infierno y aquel no era otro que el mismisimo diablo.

Con un esfuerzo aparté la mirada del ser y comencé a explorar la que, sin lugar a dudas, iba a ser mi ultima, terrible y dolorosa, morada. El cielo era de un terrible color negro, mas, el horizonte, con la silueta de una, árida y abrupta, cordillera de locura perfilada en negro ante él, era del mismo color de la sangre.

Ante estas terribles montañas se abrian valles, bosques de ráquiticos árboles, secos y podridos, rios que transportaban en su lecho la maldad y la locura e, incluso, aquí y allá, se distinguían pequeñas masas de edificios, como abandonados pueblos o muertas ciudades, que bullian de dolor y desesperación.

No pude evitar fijarme en una de estas ciudades, la más grande de todas, la más oscura y llena de maldad, aquella en la que el dolor era la más intensa de las sensaciones; y no pude evitar fijarme en ella por que, por alguna razón, me era extrañamente familiar.

La observé, fijandome en sus edificios, tratando de hallar esos detalles que producian tan extraño sentimiento de familiaridad en mí persona.

Entonces me dí cuenta, sin lugar a dudas.

En ese instante, en forma de ocho torres que se elevaban al cielo, rematadas con ocho extrañas flores retorcidas, como ocho dedos que se elevaran, temblorosos y anegados de oscuridad, suplicando una clemencia al oscuro cielo que este no habría de concederle jamás, comprendí por que esta ciudad me era tan familiar: ¡Esa la ciudad en la que había nacido y crecido! ¡Esa era la ciudad donde estaba mi casa y donde vivian mis amigos! ¡ No estaba en el infierno, estaba en la tierra, y la ciudad, oscura y rodeada de muerte, que veian mis ojos era Barcelona, mi hogar!

¡Las ocho torres, que se elevaban como agónicos y desesperados dedos, conformaban el único, inconfundible e inacabado templo de la Sagrada Familia!

En ese instante me desmayé: había visto el infierno en la tierra, me había sido dado contemplar el, quiza inamovible, futuro, y la vitalidad me abandonó.

Cuando desperté lo hice en este hospital, tumbado en esta cama esterilizada y emparedado para siempre entre las cuatro pardes de mi cerebro, sin posibilidad, sin ganas de escapar.

Ahora vivo en un universo creado por mí, un verde mundo de belleza inimaginable, rodeado de naturaleza y sin rastro de vida humana; ahora soy realmente feliz.

Todo intento por hacer que Darlen despertara fue vano; yo y mi equipo médico hemos tratado reanimarlo mediante diversos tratatientos y todos ellos han sido inutiles. Pensamos que, quizá, un tratamiento de shock, sea lo único que pueda dar algún tipo de resultado, aunque no sabemos si esos resultados seran positivos o negativos.

La experiencia consistiria en introducirlo en un ascensor y dejarlo un tiempo, para que el mismo extinguiera las llamas que se abren entre su mente y la realidad, mas, como han podido leer, Darlen es feliz en su mundo ónirico y no quiere abandonarlo, por lo que mucho nos temenos que no funcionaría.

Son ustedes, sus familiares, los que tienen la ultima palabra y los que deben decidir si debemos aplicarle esta drastico tratamiento o si debemos continuar esperando.

Atentamente y Con los mejores Deseos

bryan.

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