se fumó el cigarro rapidamente, con avidez, dando grandes e intensas caladas y quemandolo, tratando de paliar el amargo sabor de la bilis; al final, con una aborrecible mezcolanza de sabores en su paladar, tiró el cigarro que fue a caer justo el charco de vomitó apagandose con un siseo.
Llevó la mano al frio tirador y respiró profundamente, tratando de apaciguar su febril mente mientras dantescas imágenes teñidas de un intenso color carmesí atormentaban su imaginación.
La puerta se abrió con un chirrido y él entró con paso vacilante, temeroso de los delirios que pudieran agurdarle dentro de la infernal máquina. Nuevamente respiró profundamente, tratando, sin conseguirlo, de controlar los jadeos que lo dominaban. Cuando estubo, minimamente, más relajado, se giró y miró el panel de botones: A, 6, 5, 4, 3, 2, 1, PB, uno debajo del otro, en vertical, formando una terrible cuenta atrás, una demencial cadena que lo podría conducir a cualquier oscura sima plagada de olvidados horrores. Los miró y se sintió desfallecer, pues, de alguna forma, los botones lo estaban desafiando, se estaban riendo de él, de su miedo y sus espamos, del temblor de sus manos y el castañeo de sus dientes…
Maldita máquina.
Con un supremo esfuerzo levantó la mano y presionó el ultimo botón, el de PB, que bien podía significar Planta Baja o quizá Planeta de Belial. El botón parpadeó y quedó iluminado con una luz rojiza que se clavaba en su cerebro, mientras que con un chasquido seco, seguido de un rugido, se ponían en marcha los engranajes, impulsados por mil demonios, de la infernal máquina que, lentamente, con la seguridad del que conoce su destino, comenzó a descender a profundas e inimaginadas regiones.
Como hacía siempre, apoyó las manos en la metálica pared, tratando de combatir la desesperante sensación de irrealidad que siempre se apoderaba de él en esos instantes, buscando un frio asidero físico en un oscuro tunel que iba pasando ante sus ojos, plagado de ocultos terrores, hacia abajo, siempre hacía abajo.
Miles de ruidos estallaban sin compasión, introduciendose en sus oidos, extrañamente sensibles, y alarmando su hiperexcitable, febril y enfermo, cerebro. Ruidos de ominosas cadenas transportadas por espantosos seres invisibles, chasquidos y rugidos, golpes y arañazos y, de fondo, un terrible, rugiente y amenazador, murmullo, que aumentaba de volumen a medida que el ascensor se iba aproximando a regiones más profundas.
Darlen, el tembloroso ser que permanecia acurrucado contra las metalicas paredes del diminuto cubículo, mientras su distorsionada faz se reflejaba hasta la eternidad en dos espejos puestos uno frente al otro, vivia en el ático, por lo que cada día recorria de principio a fin el terrible y oscuro hueco en el que se ocultaban quien sabe que clase de abominables horrores.
Un estridente ding, seguido de un chasquido, se hacía oir por encima del rugido de la máquina y del resto de demenciales sonidos, introduciendose en su mente e indicandole que estaban un piso más abajo, un poco más cerca del ansiado y temido final del negro tunel. Él los contaba, uno a uno, sabiendo que no escucharia el proximo, con la total certeza de que lo proximo que oirian sus temerosas cavidades auditivas sería el terrible estruendo de una cálaverica señora acompañada de un manto de oscuridad; pero siempre, después de la sexta planta venia la quinta, con su horripilante y maravilloso ding y su chasquido inmediato, y después de esta invariablemente venia la cuarta, anunciada por el mismo terrible sonido y esperada con un indefinible e inexpresable horror, y así, cada día, todos los dias, llegaba, tembloroso, acurrucado, soportando un oceano de terrores insondables, a la temida planta baja, suponiendo, casi esperando, que esta vez las puertas automáticas no se abrirían, que hoy era el día de la venganza del infernal elevador y que lo pensaba dejar, encerrado y rodeado de oscuridad, solo y tembloroso, hambriento y desesperado, hasta que su piel se tensara sobre sus huesos descarnados y todo rastro de pensamiento hubiera desaparecido de su cerebro, encerrado, emparedado en vida tras cuatro frias paredes que ahogarian, inclementes, sus gritos de terror y angustia.
Pero llegados a este punto las puertas siempre se abrían, y él salia, a trompicones, con la respiración contenida en unos pulmones a punto de estallar y una demencial, imposible y aterradora, mirada prendida de sus ojos.
Ding.
Cha-chak.
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A esta no le entendi
Mi no comprender aun
nada mi no entendio
no comprendo bien es demasiado draamatico
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NO ES SER DRAMATICO ES EL PESAR DE UNA ENFERMEDAD BUENO NOSE SI SEA UNA ENFERMEDAD EL PADECER CLAUSTROFOBIA PERO YO HACI ES COMO ME SIENTO