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De la que hablo hoy, es de mi primera experiencia de verdadero horror.
Desde muy chico, cuando vivía en casa de mi abuela -sólo para estar lejos de mi molesto pedre alcoholico- subsití en ambientes nada escépticos, y me crié con las historias “paranormales” que mi abuela me contaba de su juventud.
Yo no creo en que los muertos se aparezcan a la gente, crecí en un hogar católico, estudié la Biblia, y entiendo sobre la vida después de la muerte; pero siempre supe que los espíritus no humanos pueden llegar a atacar a la gente.
Las cosas que oíamos -nunca vimos nada- yo y mi prima en casa de mi abuela por las noches no eran gran cosa y al principio jamás pensamos en nada extraño, pero con el tiempo empezamos a asustarnos.
Todos los comienzos primaveras, yo iba una semana de campamento con un grupo de mi iglesia local y de varias otras ciudades, ya que era una semana sin clases. En uno de ellos, nos habían prestado la casa de unos monjes y, según lo que me había dicho mi dirigente, antes era la casa de dos hombre que aparentemente practicaban el paganismo, y que había periódicos sucesos extraños. Al principio no le creí, pues él era bastante bromista y un poco inmaduro, pero al preguntarle a la dirigente amiga de otro grupo me lo confirmó, aunque pudo ser también “cómplice” del juego. En fin, yo no puse gran atención.
En esa convivencia, pusimos un pequeño puesto improvisado de ventas para las reservas del grupo, y a mí me tocó trabajar allí. Tras atenderlo algunos días, empecé a ver, detrás de un freezer que teníamos, unas pequeñas manos como de niño chico jugando con los cables del aparato, pero cada vez que me acercaba a evitarlo, no había nadie. Me puse a pensar y me pregunté cómo podía haber un bebé en ese campamento para adolescentes.
Esas manos extrañas las seguí viendo unos días más, hasta que le dije al dirigente que no pensaba trabajar más ahí porque comenzaba a asustarme.
El penúltimo día del campamento, como a las tres de la tarde, me recosté cansado y solo en la habitación de mi gupo un rato. Al cabo de unos 5 o 10 minutos, sentí un cosquilleo que subía por mi brazo, abrí rápidamente mis ojos pues pensé que era una araña o algo así, pero al mirar, ¡eran las manitos del puesto de ventas!
Salí corriendo de allí y me senté en el jardín a la vista de todos, no sabía si hablar o callarme. Se lo dije a mi dirigente y él me permitió volver a casa, pero fue nuestro secreto y de los jefes de los delegados para no asustar a nadie, al resto les dijimos que me descompensé.
Él lo habló con sus superiores y los años siguientes nunca se volvió a hacer ninguna actividad juvenil en esa estancia.

Emma

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